El aire, antes denso con la curiosidad y el temor hacia la esfera iridiscente, ahora vibra con una mezcla palpable de preocupación y rumorología. Al abandonar la plaza, la agitación se hace evidente en cada rincón de Luminae.
No importa cuánto tiempo se lleve en la ciudad, pues nunca deja de asombrar la inquebrantable estética atlante en su arquitectura: imponentes estructuras de mármol blanco que se alzan hacia el cielo, adornadas con elegantes arcos e intrincadas filigranas con vegetación perfectamente integrada; cada edificio es una declaración de la ingeniería atlante, un testimonio de su dominio sobre la tecnología y el diseño.
Las calles empedradas, estrechas y laberínticas, están abarrotadas de gente que murmura con ansiedad. Los atlantes, reconocibles por su elegante vestimenta y el brillo de cristales incrustados en sus prendas, se reúnen en pequeños círculos, discutiendo en voz baja la aparición de la esfera. Un grupo de artesanos kemetyu, con sus túnicas de lino adornadas con amuletos protectores, observan cautelosamente, mientras que un mercader nórdico, con su barba trenzada y piel curtida por el mar, escupe en el suelo con desprecio, murmurando sobre «presagios funestos». Incluso los serenos olimpios paran sus discusiones sobre ciencia y filosofía para comentar la situación.
El aire se carga ligeramente de electricidad estática mientras la Guardia de Luminae patrulla las calles, abriéndose paso entre la multitud. Sus armaduras de caucho brillan con una luz fría al tener activas sus armas de plasma y el campo de fuerza electromagnética que protege su cuerpo.
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